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En 1896, el arquitecto estadounidense Louis Sullivan publicó un artículo en la revista Lippincott’s Magazine que cambiaría para siempre la manera en que el mundo piensa sobre los edificios. En ese texto, casi de forma casual entre argumentos sobre rascacielos y acero, Sullivan escribió una frase que se convertiría en el eslogan más citado —y más debatido— de la historia de la arquitectura: «la forma siempre sigue a la función». Con doce palabras, Sullivan no solo describía cómo debía ser un edificio: estaba declarando una guerra filosófica. Y esa guerra lleva 130 años sin resolverse.
El debate actual entre forma y función sigue siendo tan relevante como entonces. Lo vemos en los edificios que provocan controversia al inaugurarse, en los concursos de arquitectura donde los jurados pelean por criterios estéticos contra criterios prácticos, en las conversaciones entre clientes que quieren algo «bonito» y arquitectos que advierten sobre las consecuencias de ignorar la lógica constructiva. ¿Debe un edificio ser bello aunque sea incómodo? ¿Debe ser eficiente aunque sea aburrido? ¿O existe una tercera vía que integre ambas dimensiones sin sacrificar ninguna?
1. El Origen del Debate: Louis Sullivan y la Frase que Cambió la Arquitectura
Louis Sullivan (1856–1924) es considerado el padre del rascacielos moderno. Como arquitecto basado en Chicago en la segunda mitad del siglo XIX, se enfrentó a un problema sin precedentes: cómo diseñar edificios de oficinas de diez, veinte, treinta pisos, en una época en que ni el lenguaje visual ni los principios compositivos de la arquitectura estaban preparados para esa escala. Los edificios de esa época solían disfrazarse con elementos neogóticos, neoclásicos o renacentistas, como si la única forma de hacer un edificio alto fuera cubrirlo con referencias históricas que nada tenían que ver con su naturaleza estructural.
La propuesta de Sullivan era radical: si un edificio tiene una función concreta —alojar oficinas, aprovechar la luz, distribuir flujos humanos a lo largo de múltiples plantas— su forma debe nacer de esa función. No de imitaciones históricas, no de ornamentos importados de estilos griegos o medievales, sino de las exigencias reales del programa arquitectónico. Para Sullivan, un edificio honesto era aquel cuya forma revelaba sin pretensiones su propósito.
Sin embargo, hay una ironía fundamental que muchos olvidan: Sullivan fue también un apasionado del ornamento. Sus propios edificios están cubiertos de intrincados relieves vegetales, hierro forjado, cerámica decorativa. La paradoja Sullivan —predicar el funcionalismo mientras se practica una rica ornamentación— es la primera señal de que el debate entre forma y función nunca fue tan simple como la frase lo sugería. Sullivan no quería eliminar la belleza: quería que naciera de adentro hacia afuera, como las flores brotan de su estructura biológica, no como un disfraz impuesto desde afuera.
1896 – Año en que Sullivan publicó «form ever follows function» en Lippincott’s Magazine.
130+ – Años que lleva este debate sin resolverse en la arquitectura mundial.
1988 – Exposición en el MoMA de Nueva York que formalizó el deconstructivismo.
2. El Funcionalismo Puro: Cuando la Eficiencia lo Es Todo
El movimiento moderno de los años 1920–1960, especialmente en su expresión más radical a través de la Bauhaus y el estilo internacional, llevó el principio de Sullivan a sus últimas consecuencias. Walter Gropius, Le Corbusier, Mies van der Rohe y sus contemporáneos propusieron una arquitectura depurada de todo ornamento, que se expresara solo a través de la pureza geométrica, la honestidad estructural y la eficiencia funcional. El resultado fue una revolución urbana de consecuencias enormes: los bloques de vivienda de concreto, las unidades habitacionales masivas, las oficinas de vidrio y acero que hoy definen los centros financieros de todo el mundo.
En México, el funcionalismo tuvo una versión propia y muy poderosa. El arquitecto José Villagrán García desarrolló desde los años 1930 una teoría de la forma arquitectónica basada en la función, que marcó durante décadas la enseñanza de arquitectura en el país. Pedro Ramírez Vázquez, uno de los arquitectos mexicanos más prolíficos del siglo XX, aplicó este principio con brillantez: desde los miles de escuelas rurales prefabricadas que construyó en los años 1960 —resolviendo con eficiencia y bajo costo una necesidad educativa urgente— hasta monumentos de gran escala como el Estadio Azteca (1966) y el Museo Nacional de Antropología (1964). En este último, Ramírez Vázquez demostró que funcionalismo no significa falta de carácter: el enorme paraguas central que protege el patio del museo es a la vez solución estructural, solución climática y gesto simbólico de extraordinaria potencia.
PROS:
- Edificios funcionalistas responden directamente a necesidades reales de sus usuarios, minimizando fricción y maximizando utilidad.
- El control de costos es más sencillo cuando la forma no está determinada por caprichos estéticos.
- La durabilidad y mantenimiento son más predecibles en edificios de composición depurada.
- Favorece la industrialización y la producción en serie, clave para resolver problemas masivos de vivienda, educación e infraestructura.
A CONSIDERAR:
- El funcionalismo mal aplicado produce espacios deshumanizados: los grandes conjuntos habitacionales de los años 1960-1980 en México y Europa son un ejemplo de cómo la eficiencia sin diseño de calidad genera entornos que degradan la calidad de vida.
- La «función» de un espacio no es solo técnica: incluye dimensiones emocionales, culturales y simbólicas que el funcionalismo puro tiende a ignorar.
- Los edificios exclusivamente funcionales pueden volverse obsoletos rápidamente si no tienen la flexibilidad para adaptarse a nuevos usos.
3. La Forma por Encima de Todo: La Arquitectura como Escultura
En el extremo opuesto, existe una tradición arquitectónica que privilegia la expresión formal sobre cualquier consideración práctica. No se trata solo de decoración: se trata de edificios cuya geometría, volumen y presencia en el entorno urbano constituyen el argumento principal del proyecto. Esta tendencia alcanzó su expresión más radical con el deconstructivismo, el movimiento arquitectónico que en 1988 fue presentado formalmente en una exposición en el Museum of Modern Art de Nueva York, con obras de Frank Gehry, Zaha Hadid, Daniel Libeskind, Rem Koolhaas y Peter Eisenman.
Frank Gehry y su Museo Guggenheim de Bilbao (1997) son el ejemplo más citado de arquitectura donde la forma es el mensaje. El edificio —cubierto de titanio plateado, fragmentado en volúmenes que parecen estallar en distintas direcciones— es casi imposible de describir desde la función: no hay ninguna razón técnica que explique por qué el museo tiene esa forma. La razón es otra: el edificio transformó literalmente una ciudad en declive industrial en un destino turístico internacional. El llamado «efecto Bilbao» —el fenómeno por el cual un edificio icónico regenera una ciudad entera— es el argumento más poderoso a favor de la arquitectura que prioriza la forma como instrumento cultural y económico.
Zaha Hadid llevó esta filosofía más lejos: sus edificios, con sus curvas imposibles y superficies continuas, parecen desafiar la gravedad y las convenciones tectónicas. El MAXXI Museo de Arte del Siglo XXI en Roma (2010), el Centro Heydar Aliyev en Bakú (2012) o la Ópera de Guangzhou (2010) son ejercicios donde la forma genera experiencias espaciales sin precedente. En México, el Museo Jumex (diseñado por David Chipperfield, 2013) y el Teatro Diana en Guadalajara son ejemplos de cómo la forma puede ser portadora de identidad urbana.
PROS:
- Los edificios icónicos generan valor económico y cultural para sus ciudades, como lo demostró el efecto Bilbao.
- La arquitectura de forma expresiva puede redefinir la identidad de un barrio, una ciudad o incluso un país.
- Empuja los límites tecnológicos y estructurales, generando innovación que luego se aplica en proyectos más convencionales.
- Crea espacios de experiencia única que ningún diseño puramente funcional podría generar.
A CONSIDERAR:
- Los edificios de forma compleja suelen tener costos de construcción y mantenimiento exponencialmente mayores.
- Las geometrías irregulares pueden dificultar el uso cotidiano: dificultad para colgar cuadros en paredes inclinadas, problemas acústicos por superficies curvadas, iluminación difícil de gestionar.
- El riesgo de que el edificio envejezca mal: lo que hoy parece vanguardista puede verse obsoleto en diez años si la forma no tiene raíces en valores más profundos.
- La accesibilidad y el bienestar de los usuarios puede quedar subordinada a la ambición formal del diseñador.
4. Cuando la Forma Falla: Casos Reales de Arquitectura Bella pero Disfuncional
Los casos más instructivos del debate forma-función son aquellos en que la prioridad de la forma generó consecuencias imprevistas o directamente peligrosas. Estos ejemplos no son advertencias contra la arquitectura expresiva, sino lecciones sobre la responsabilidad del diseñador.
4.1 El Walkie-Talkie, Londres — El Edificio que Derretía Autos
El edificio 20 Fenchurch Street en la City de Londres, diseñado por Rafael Viñoly e inaugurado en 2013, recibió el apodo de «Walkie-Talkie» por su peculiar silueta: una fachada curva de vidrio que se ensancha hacia arriba. Estéticamente, es un gesto audaz en el skyline londinense. Funcionalmente, fue un desastre: la fachada cóncava actúa como un espejo parabólico que concentra los rayos solares en un punto específico de la calle. El resultado fue documentado ante las cámaras de Sky News: el foco de luz derritió partes de un automóvil estacionado, frió un huevo literalmente sobre la acera y dañó la pintura de varios locales comerciales. El edificio ganó en 2015 el premio al peor edificio del año en el Reino Unido. El problema fue posteriormente mitigado con parasoles, pero el daño a su reputación fue permanente. El mismo arquitecto, Viñoly, había cometido el mismo error en el hotel Vdara de Las Vegas en 2010, cuya fachada cóncava generaba un «rayo de la muerte» que chamuscaba el cabello de los huéspedes de la piscina.
4.2 El Guggenheim de Nueva York — Hermoso pero Frustrante
El Museo Guggenheim de Nueva York, diseñado por Frank Lloyd Wright e inaugurado en 1959, es uno de los edificios más fotografiados del mundo. Su interior en espiral es una experiencia espacial extraordinaria. Y sin embargo, genera una paradoja cruel: es un museo que no funciona bien como museo. Las paredes inclinadas del interior de la espiral hacen casi imposible colgar cuadros planos de forma convencional; la iluminación natural, aunque espectacular, es difícil de controlar para la conservación de obras. Los curadores del Guggenheim han convivido durante décadas con la tensión entre la audacia formal del edificio y las exigencias prácticas de exhibir arte.
4.3 Torres habitacionales en México — El Funcionalismo sin Escala Humana
En México, el contrapunto no es tanto de forma exuberante como de función mal entendida: los grandes conjuntos habitacionales de interés social —desde Tlatelolco en los años 1960 hasta los desarrollos de Geo, Urbi y ARA en los años 2000 en las periferias de las ciudades— aplicaron una lógica de eficiencia constructiva que ignoró por completo las dimensiones sociales y urbanas de la vivienda. Miles de unidades idénticas, sin equipamiento urbano, sin áreas verdes de calidad, sin comercios de proximidad, sin transporte público integrado. El resultado: colonias con altísimas tasas de abandono, deterioro acelerado y problemas sociales severos. La función entendida solo como «metros cuadrados de dormitorio» resultó en espacios que no servían a la función más importante de una vivienda: sostener una vida humana digna.
5. La Síntesis: «Forma y Función Son Una Sola» — Frank Lloyd Wright
El alumno más brillante de Sullivan —y el que eventualmente lo superó— fue Frank Lloyd Wright. Después de trabajar en el despacho de Sullivan, Wright desarrolló su propia filosofía que rechazaba la dicotomía misma. Para Wright, la pregunta no era «¿forma o función?» sino cómo lograr que ambas fueran inseparables: que la forma de un edificio emergiera tan naturalmente de su función que fuera imposible distinguir dónde terminaba una y dónde empezaba la otra. Su frase característica fue: «Form and function are one» — «Forma y función son una sola cosa».
La Casa Fallingwater (1935), diseñada para Edgar Kaufmann en Pennsylvania, es su ejemplo más elocuente. Las terrazas de concreto que se proyectan sobre la cascada no son decorativas ni son puramente estructurales: son la expresión más directa posible de la relación entre la vida doméstica y la naturaleza circundante. La forma del edificio emerge del lugar, del programa, del material disponible y de la visión filosófica del arquitecto sobre cómo debe vivir el ser humano. No hay conflicto entre forma y función porque Wright no concebía esa separación.
En México, Luis Barragán (1902-1988), Premio Pritzker 1980, exploró una síntesis diferente pero igualmente profunda. Sus casas y jardines en Ciudad de México —la Casa Barragán en Tacubaya (Patrimonio de la Humanidad UNESCO), los Jardines del Pedregal, Las Arboledas— integran la función doméstica con una dimensión espiritual y emocional que él llamaba «arquitectura emocional». Para Barragán, la función de un espacio incluía el silencio, la contemplación, la magia. Su uso del color (rosas, amarillos, rojos intensos), la luz controlada y el agua no son ornamentos: son herramientas funcionales para producir estados de ánimo específicos. Barragán demostró que la función puede incluir la emoción, y que la forma puede ser su vehículo más eficaz.
6. El Diseño Paramétrico y la Nueva Relación Forma-Función en 2026
En 2026, la revolución tecnológica ha cambiado los términos del debate de maneras que Sullivan ni siquiera podría haber imaginado. El diseño paramétrico y el uso de inteligencia artificial en arquitectura han hecho posible generar formas de extrema complejidad que antes eran constructivamente inviables —y verificar simultáneamente su desempeño estructural, energético, acústico y de confort térmico. Por primera vez en la historia, el arquitecto puede explorar la forma sin renunciar al rigor funcional.
La arquitectura biofílica —que integra naturaleza, materiales orgánicos y sistemas pasivos de climatización en el diseño de edificios— es uno de los movimientos más relevantes de 2026 precisamente porque reconcilia la dimensión estética con la funcional. Un edificio con vegetación integrada, luz natural optimizada y ventilación cruzada es al mismo tiempo más bello y más eficiente. El uso de materiales como madera laminada cruzada (CLT), bambú compuesto, cáñamo estructural y materiales de micelio está redefiniendo la relación entre la forma orgánica y la sostenibilidad constructiva.
En México, esta tendencia tiene un potencial extraordinario. La riqueza de materiales locales —tezontle, cantera, madera regional, cerámica de Talavera, adobe mejorado— ofrece una paleta constructiva que puede generar formas de gran expresividad sin renunciar a la eficiencia. Arquitectas como Tatiana Bilbao han demostrado que es posible diseñar vivienda progresiva que sea económicamente accesible, técnicamente robusta y formalmente coherente con la identidad del lugar. Su trabajo con comunidades en Sinaloa y otras regiones del país es un ejemplo de cómo forma y función se resuelven juntas cuando el arquitecto parte de las necesidades reales del usuario.
PROS:
- El diseño paramétrico permite optimizar simultáneamente forma, estructura y desempeño ambiental, superando la falsa dicotomía.
- Los materiales biosustentables ofrecen expresión formal orgánica con ventajas de eficiencia energética y reducción de impacto ambiental.
- La arquitectura biofílica mejora documentadamente el bienestar de los usuarios: estudios muestran reducción del estrés, mayor productividad y mejor calidad del sueño en espacios con naturaleza integrada.
A CONSIDERAR:
- El diseño paramétrico requiere equipos especializados y herramientas de software de alto costo que no están al alcance de todos los despachos, lo que puede ampliar la brecha de desigualdad en la profesión.
- La complejidad formal generada algorítmicamente no garantiza calidad espacial: un algoritmo puede generar formas sin sentido tanto como formas brillantes.
- El riesgo del «greenwashing» arquitectónico: proyectos que adoptan el lenguaje estético de la sostenibilidad sin sus principios reales.
7. La Perspectiva del Arquitecto Profesional: Cómo Tomar Decisiones de Diseño
Ante el debate teórico, ¿qué hace en la práctica un buen arquitecto al tomar decisiones de diseño? La respuesta honesta es que la dicotomía entre forma y función nunca existe como tal en un proyecto real. Lo que existe es una jerarquía de decisiones, un orden de prioridades que el arquitecto establece en función del cliente, el programa, el contexto, el presupuesto y la visión del proyecto.
En la práctica profesional, el proceso funciona aproximadamente así: primero se entiende en profundidad el programa funcional — ¿qué actividades ocurrirán en el edificio? ¿cuántas personas? ¿con qué frecuencia? ¿qué flujos? ¿qué relaciones espaciales son necesarias? Luego se analiza el contexto — ¿cómo se relaciona el edificio con su entorno construido y natural? ¿qué cargas de viento, temperatura, luz solar, ruido debe manejar? Después se define la estrategia formal — ¿qué geometría puede resolver el programa con mayor eficiencia y al mismo tiempo generar la experiencia espacial deseada? Y finalmente se verifica que la forma elegida no genere conflictos funcionales irresolubles.
El buen arquitecto no sacrifica la función por la forma ni la forma por la función: encuentra el diseño donde ambas son inseparables. Y cuando el presupuesto es limitado —como ocurre en la enorme mayoría de los proyectos en México— la habilidad de encontrar esa síntesis con recursos reducidos es el verdadero indicador de talento arquitectónico. Como decía el arquitecto chileno Alejandro Aravena, Premio Pritzker 2016: la restricción es la madre de la creatividad.
Para el cliente que está pensando en construir o remodelar: la clave no es pedirle al arquitecto que sea «funcional» o «bonito». La clave es comunicar con claridad cómo se vivirá el espacio, qué emociones se quiere que genere, qué prioridades son innegociables —y dejar que el arquitecto encuentre la forma que integre esas necesidades de manera creativa y profesional. Eso es lo que distingue a un proyecto de arquitectura de una simple construcción.
Conclusión: Más Allá del Dilema
El debate entre forma y función ha sido, durante 130 años, la pregunta equivocada. No porque no sea relevante —lo es, profundamente— sino porque plantea como opuestos irreconciliables dos dimensiones que, en la arquitectura de calidad, siempre han sido inseparables. Louis Sullivan quería que la forma naciera de la función, no que la sustituyera. Frank Lloyd Wright fue un paso más allá al proclamar que son una sola cosa. Luis Barragán demostró que la función puede incluir la emoción y la contemplación. Y la arquitectura contemporánea, con sus herramientas de diseño paramétrico y sus materiales biosostenibles, está haciendo posible una síntesis que ninguna generación anterior había logrado de manera sistemática.
Lo que los mejores proyectos de arquitectura —en México y en el mundo— tienen en común no es una respuesta única sobre si priorizan la forma o la función. Lo que tienen en común es un arquitecto que entendió profundamente el problema que tenía que resolver: las necesidades reales de quienes habitarán el espacio, el contexto físico y cultural donde se construye, las posibilidades y limitaciones del presupuesto, y la dimensión simbólica que el edificio tendrá en la vida de sus usuarios y en el paisaje de su ciudad.
En México, donde la brecha entre la arquitectura de autor y la construcción masiva de vivienda es enorme, el debate forma-función tiene una urgencia adicional. Millones de personas viven en espacios que nunca fueron diseñados con cuidado, que resuelven a duras penas la función más básica —el abrigo— sin ofrecer ninguna de las dimensiones que hacen que un espacio sea verdaderamente habitable: luz, ventilación, conexión con el entorno, proporciones dignas, materiales que envejezcan bien. La respuesta no es elegir entre forma bonita y función eficiente: es exigir —y lograr— diseño de calidad que integre ambas. Eso es lo que la arquitectura, en su mejor versión, siempre ha prometido.
«La arquitectura es la voluntad de una época traducida al espacio.»
— Ludwig Mies van der Rohe, arquitecto (1886–1969) —
Nota explicativa: Mies van der Rohe fue uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX y uno de los maestros del movimiento moderno. Su frase captura una de las tensiones más profundas del debate forma-función: la idea de que la arquitectura no elige entre ambas, sino que las resuelve en función del momento histórico, cultural y técnico en que se produce. Para Mies —conocido por su máxima «less is more» (menos es más)— la forma debía ser la expresión más precisa y despojada de la función, sin exceso ni defecto. Su legado incluye edificios que han resistido setenta años sin perder relevancia: el Pabellón de Barcelona (1929, reconstruido en 1986) y el Seagram Building de Nueva York (1958) son obras donde forma y función son, efectivamente, una sola cosa. La vigencia de la frase en 2026 es plena: cada proyecto arquitectónico es, quiéralo o no, un retrato de su tiempo.
«Es importante mantener un equilibrio entre la dicotomía de forma y función porque mucho de uno o del otro puede generar un proyecto defisiente.»
— BRMS Arquitectos —
Glosario de Términos
Funcionalismo: Corriente arquitectónica que establece que la forma de un edificio debe derivarse de su función, eliminando cualquier elemento que no responda a una necesidad práctica. Sus principales exponentes fueron Louis Sullivan, Le Corbusier y Walter Gropius.
Deconstructivismo: Movimiento arquitectónico surgido en los años 1980 que fragmenta y distorsiona las formas convencionales, rechazando la coherencia geométrica tradicional y cuestionando la relación entre forma y función. Asociado a Frank Gehry, Zaha Hadid y Daniel Libeskind.
Arquitectura orgánica (Organic Architecture): Filosofía desarrollada por Frank Lloyd Wright que propone que los edificios deben crecer desde su entorno como organismos naturales, integrando forma, función, materiales y paisaje de manera indivisible.
Arquitectura emocional (Emotional Architecture): Concepto desarrollado por Luis Barragán y el pintor Mathias Goeritz en México, que propone que la arquitectura debe producir estados de ánimo y experiencias espirituales en sus habitantes, más allá de resolver necesidades técnicas.
Diseño paramétrico (Parametric Design): Metodología de diseño que utiliza algoritmos computacionales para generar formas arquitectónicas complejas a partir de parámetros definidos (función, estructura, clima, etc.), permitiendo optimizar simultáneamente múltiples variables.
Efecto Bilbao: Fenómeno económico y cultural documentado tras la inauguración del Museo Guggenheim de Bilbao (1997) de Frank Gehry, por el cual un edificio icónico de arquitectura de autor transformó una ciudad en declive industrial en un destino turístico internacional.
Arquitectura biofílica (Biophilic Architecture): Corriente de diseño que integra elementos naturales —luz, vegetación, agua, materiales orgánicos— en los edificios, basada en la evidencia científica de que el contacto con la naturaleza mejora el bienestar humano.
Estilo internacional (International Style): Movimiento arquitectónico predominante entre 1920 y 1960, caracterizado por la eliminación del ornamento, el uso de concreto, acero y vidrio, las fachadas planas y la expresión de la estructura como elemento estético.
CLT (Cross-Laminated Timber / Madera Laminada Cruzada): Material de construcción sostenible fabricado con capas de madera pegadas en ángulo recto, que ofrece alta resistencia estructural con huella de carbono muy inferior al concreto o el acero.
Tectónica: Rama de la arquitectura que estudia el arte de la construcción, especialmente la relación entre la estructura portante de un edificio y su expresión formal. Un edificio de alta tectónica es aquel cuya forma revela honestamente su manera de sostenerse.
Programa arquitectónico: Lista detallada de los espacios y funciones que debe contener un edificio, con sus áreas, relaciones y requerimientos técnicos. El programa es el documento de partida de cualquier proyecto de arquitectura.
Confort térmico: Condición de satisfacción del usuario respecto a la temperatura de un espacio, determinada por factores como temperatura del aire, humedad relativa, velocidad del aire y temperatura radiante de las superficies. Una de las funciones fundamentales que debe resolver todo proyecto arquitectónico.
¿Vas a construir o renovar? ¿Tu Proyecto Necesita Forma, Función o Ambas?
Se deja claro es que la respuesta correcta nunca es una sola. Un proyecto que prioriza la forma sin cuidar la función termina siendo un espacio hermoso pero inhabitable. Uno que solo piensa en la eficiencia sin cuidar la forma termina siendo funcional pero sin carácter, sin la capacidad de transformar positivamente la vida de quienes lo habitan.
Nosotros en — BRMS Arquitectos — cada proyecto comienza con una pregunta profunda sobre las necesidades reales de nuestros clientes y el potencial del espacio a intervenir. Diseñamos desde la función hacia la forma, asegurándonos de que cada decisión estética tenga una razón de ser, y que cada solución técnica sea también una oportunidad de generar espacios con carácter. No creemos en la arquitectura como lujo exclusivo: creemos en la arquitectura como herramienta de mejora de vida, accesible y de largo plazo.
Si estás pensando en construir, remodelar o proyectar, BRMS Arquitectos está listo para acompañarte desde el concepto hasta la entrega de obra.
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